Esperando que exista el silencio

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© "Esperando que exista el silencio" - Fotografía - Natalia Castillo, 2009

Tener que ver el mundo desde esta silla, estar limitado por la inmediatez de los espacios, ignorar el horizonte y estar solo.
A pesar de que la música suene fuerte no puedo evitar el silencio de mis pensamientos. No puedo ignorar que hay un mundo más allá, que las flores tienen combinaciones de colores diferentes y que la luna se puede ver más grande.
No puedo quitarme el frío de la espalda, ni puedo mover mis brazos para salvarme. Quiero saltar pero no tengo un mar a mis pies. Estoy lejos de la felicidad, y en este pueblo parece que todos están igual.
No existe un alma con fe en su rostro deambulando por esta calle y nadie regala un centavo de caridad al menos a través de una sonrisa.
Las palomas emigraron hace años y los perros ya no ladran en las noches. El poeta se marchó a la capital y el arte murió con la bofetada morada que yace en el rostro de la artista.
Todos parecen estar locos y ahora la esquizofrenia anda amenazando por los bares a las almas de los olvidados.
Las mujeres ya no regalan su cuerpo por tres monedas de plata y los buitres se cansaron de comer carne podrida.
La música se tornó aburrida, repetitiva y rebota fuerte contra los muros intentando suicidarse (queriéndome llevar tras ella sin unas alas de repuesto).
Las estrellas han puesto a luciérnagas de reemplazo para que hagan del ancho cielo un mar de infiernos.
...

Aun así, todos beben y brindan y una pareja en el rincón del bar, asegura ser la más feliz del mundo.
Aun así, todavía existe uno que aguarda frente a un monitor por una respuesta a su romántica frase de amor y hay una anciana que no abandona su rutina de ir todos los días a misa de 7.

Quisiera creer que ser conciente del fracaso me regalará una oportunidad y un par de piernas con las cuales correr para abandonar este lugar que me vió nacer y puso barrotes a mi existencia.
Que me limitó a ser la del pueblo y enmarcó mi nombre, acá, muy alto, donde cada mes se escucha un Padre Nuestro repetido tres veces en mi nombre.
Aca donde los huesos se tumban y la carne se pudre.
Aca donde el asfalto evita aquello que los mortales, llaman vida.

No quiero sonar melancólica, es sólo que a veces me canso de esperar al suicida.

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Los santos mueren antes: el regreso

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El pasado 10 de junio en las antiguas instalaciones del Matadero Distrital de Bogotá, se presentó el Ensamble Artístico hecho por estudiantes y maestros de la Academia Superior de Artes de Bogotá – ASAB que llevaba por título "Los santos mueren antes - Evocación, Vacíos y Despojos".

La temática de la intervención aludía a una problemática que padece Colombia: los falsos positivos. A su vez, era una forma de apropiación de este lugar por parte de la Facultad de Artes de la Universidad, haciendo un llamado para que éste espacio sea la nueva sede para la ASAB, pues la sede actual necesita ser restaurada.

El Matadero, sitio también conocido como La Aduanilla de Paiba, se convirtió en una metáfora. A través de las diferentes expresiones artísticas se hizo un llamado a la conciencia de los espectadores al recordar la muerte de inocentes, al evocar la ausencia, el duelo, la guerra o la nostalgia…

Muchas fueron las sensaciones que el lugar provocaba. Algunos de los asistentes huyeron pues fue muy fuerte el impacto, otros disfrutaron de los laberintos y se dejaron llevar por las voces, los ecos o los lamentos de cada rincón.

De esta manera “Los santos mueren antes” entra en el círculo de exposiciones in situ que últimamente se han podido apreciar en Bogotá, en donde se toma un lugar olvidado y se re-significa.

La intervención se presentó únicamente durante esa noche, pero se prevé que el montaje se vuelva a realizar en el mes de agosto, inscrito en un circuito de Exposiciones internacionales: esa es la buena noticia...

Tuve la oportunidad de participar en el Ensamble con una Intervención en la cual convoqué a diferentes íconos, para relacionar el espacio del Matadero con la temática de los llamados falsos positivos.

Concebida esta Instalación como una obra tridimensional, cerré el espacio con una malla que aludía al encierro previo a la tortura y la muerte, separando a la vez al espectador de la escena. En el interior, sobre una plataforma, un espejo fraccionado soportaba a un ejército de cerditos rojos, creando un reflejo en la pared que aludía a la “memoria del muro”. Los cerditos organizados en espiral, significan el origen y el final, la vida y la muerte. Así mismo –entre la maleza– ubiqué varios laser apuntando a los espectadores, insinuando que, en este juego macabro, todos somos o podemos llegar a ser víctimas.

La escena estaba enmarcada por los muros que pinté de blanco, como una bóveda, y por "La ejecución" un texto de Guillermo Velásquez Forero tomado de su libro Luz de fuga, cerrando de esta forma el círculo.

Dice el texto:

LA EJECUCIÓN

La tierra estaba dormida. Los del pelotón de fusilamiento fueron apareciendo en el patio, ligeros e intermitentes; el reo, hecho de palidez y de temblor, surgió con dificultad, pues tuvieron que traerlo a la fuerza y obligarlo a asumir su destino. Pero al fin se resignaron a ser visibles y palpables, sirviendo de precario estribo al jinete del tiempo.

Aunque inconsistentes y fugaces, ahí estuvieron y cumplieron: los que hicieron de verdugos, maquinalmente levantaron sus armas y le despacharon la muerte; y el que sirvió de víctima, la abrazó en silencio.

Luego, todos se desvanecieron entre las sombras, porque eran sólo una pesadilla de la tierra. Sin embargo, los agujeros de los tiros quedaron grabados en la memoria del muro.


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Estas son algunas imágenes de mi intervención.










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Un cuento de Natalia Castillo en GAVIA

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En días pasados en la sede La Macarena de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, en Bogotá, se presentó la edición No. 5 de la Revista Gavia de la Facultad de Ciencias y Educación de este centro universitario.

La revista se divide en tres grandes secciones y en cada una de ellas cuenta con un escritor invitado, de acuerdo con un género literario, así:

Poesía - Invitado: Rodolfo Ramírez Soto
Ensayo - Invitado: Jesús Martín Barbero
Cuento - Invitado: Javier Correa Correa

Además de una muestra significativa del trabajo de los invitados especiales, se publicaron textos de María Victoria Córdoba, Carolina Cárdenas, David Tarazona, Armando Chaparro... entre muchos otros.

En la sección de CUENTO se incluyó ¡Levántate, ven conmigo! de NATALIA CASTILLO.

(Para leer el cuento vaya a:
http://tcuento-nataliacastillo.blogspot.com/2008/05/levntate-ven-conmigo_11.html)

La Revista en esta ocasión estuvo coordinada por Rodolfo Franco y Diego Ortíz. La imagen de la carátula la hizo Samanta García.

Si desea bajar la Edición No. 5 de la revista (o las ediciones anteriores) en archivo PDF, visite http://revistagavia.blogspot.com/


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Extraños Nocturnos

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"El grito nº 3" - Oswaldo Guayasamin, 1983.


Como todas las noches ella me espera. Siempre, aguarda por mí. Ella no me conoce, pero me espera. Incluso, presiento que me desea. Quizá fue la noche que la poseyó o ese deseo insaciable que la atormenta lo que hace que me espere.

Son las doce de la noche y su llamado turba mi paz, penetra mi ser y eso me molesta. Me fastidia, tanto que creo que debo rendirme y acudir a ella.
Esa fuerza de sus labios pretende adueñarse de mí.
Su juego de palabras que suenan “bonito”, pero no dicen nada, quieren enamorarme.
No sé que tan malo será aceptar la derrota, porque hasta hoy yo he ganado. Pero ella no lo acepta.
Hemos tenido otros encuentros que ella no puede recordar, (porque ni siquiera tiene memoria). Ella no recuerda nada de lo que pasó, no recuerda cómo le arrebate esos años, esa edad que me pertenece, me satisface y me hace ser quien soy.
Ella olvida que me dio la vida, que su ingenuidad (o su deseo) hicieron que creciera.

No lo recuerda, pero…

Hace siete noches, “algo”, hizo que sintiera esa ausencia, ese vacio que le dejé. Y por eso llama, por eso clama, es como si rezara letanías para que regrese, para que le devuelvan lo que le robaron.
Y lo va a lograr. Lo logrará, porque su llamado cada vez es más fuerte, al igual que esa herida que se abre en medio de su pecho. Le duele y verla así me duele.

Porque sé que la amo.

Sus lamentos son canciones que seducen a las musas, las que en la noche tocan en su ventana y se asoman curiosas por verla y escucharla. Ella les regala masa y espacio, esperando que alguien entienda el sentido de su música. Un canto mudo acompañado por la sonoridad que sus manos generan al acariciar el instrumento. El movimiento de sus manos traduce su angustia, su mirada exige respuestas y a la vez se pierde en el silencio.

Toca. Noche tras noche. Sólo en la noche.

La noche, que se rindió a sus pies y le regala un manto estelar y la sonrisa de la luna. Las musas se enamoraron de ella y le llevan regalos. Ya consiguió las alas que tanto deseaba. Aún le hace falta algo. Todavía no puede marcharse.

Aguarda una noche más. Aguarda porque iré a ti y te devolveré lo que tanto anhelas. Lo devolveré y dejaré que ahora tú seas mi dueña, que me eduques, porque no quiero que ignores más mi rostro, que no me recuerdes y me confundas con monstruos.
Te devolveré ése músculo que necesitas para vivir, para sentir y volver a ser tú. Para recuperar tu voz y poder decir esas palabras que se atrapan en tu interior y las hojas deben resistir. Sí, de acuerdo. No puedes seguir siendo una inerte. Perdón ¿cuánto tiempo perdiste? No importa ya estoy acá. Ahora canta mi canción.

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Derechos reservados

©Natalia Castillo Verdugo

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Una noche en el paraíso

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Texto incluido en la antología de cuento, "Cenizas en el andén - cuentos de la ciudad", 2009.

Una noche en el paraíso


"El grito" - Edvard Munch, 1893.

El escritor de cuentos lleva dos noches sin dormir y sin escribir una sola línea. Está sentado frente a su computador, con la cabeza agachada sujetada por sus manos. Su vasta biblioteca le reprocha, lo presiona. Llora, una lágrima lo acaricia y él se deja consentir, lo disfruta. De repente, siente que empieza a experimentar un momento sublime, sólo para él, generado por él. Se deja llevar tratando de hallar una historia. La comodidad de la silla, la amplitud del espacio y la asepsia del ambiente, lo motivan, lo preparan para empezar a escribir. Levanta la cabeza, la luz del monitor ilumina de nuevo sus ojos pero se siente inútil, cobarde y no puede traducir en palabras aquellas sensaciones. Sus manos se congelan sobre el teclado, percibe que a su boca se la traga su rostro y no puede grita r. Intenta levantarse para correr y alejarse de la pantalla, para retirarse de ese escritorio, para salir de ese cuarto, de esa inmensa casa que pareciera que lo engulle, pero no puede. Súbitamente su cuerpo desaparece pero él sigue allí, sentado, sin poder cerrar los ojos, condenado a ver esa infinita hoja en blanco que lo reta, impedido para gritar, para huir, para pedir ayuda. Ha quedado atrapado dentro de sí. Su condición lo castiga.

El escritor de cuentos, luego de unas horas, quizá dos, quizá tres, recobra la calma. Se resigna y espera. Aún es consciente de que está ahí, aún lo está, lo está, lo es…tá.

Ahora una inmensa calle lo acoge, camina y siente paz, felicidad. Puede correr, gritar. Las luces de la noche se entrecruzan dando vida a un ser informe que lo abraza y lo acompaña. Intempestivamente, lo embargan miles de ideas y sentimientos. Todo traducible en palabras que se reflejan sobre el asfalto y que puede leer. Las grita y suenan bien y es feliz al sentir que son suyas. Durante toda esa noche lee sus cuentos que se mueven con él, que se reflejan en las vitrinas y en las paredes. Palabras que delinean las formas de su nombre. Ríe, llora, siente miedo, va de la tragedia a la comedia y se siente pleno: en el paraíso. Los automóviles pasan a su lado, raudos, se atropellan con sus palabras pero nadie se da cuenta, como de costumbre. Está solo pero no le importa, pues desde que se dedicó por completo a la escritura abandonó su ideal de amor, familia y hogar. Se ha acostumbrado a la soledad, le agrada, pues no tiene preocupaciones por nadie: sólo él y su obra. Escribes para el mundo pero el mundo no te quiere a ti, sino a tus personajes. Los odian y les echan culpas a ellos, no a ti. No reconoce la voz. No le interesa. Escribir es su vida. La noche declina y sus pasos se deshacen en un cruce. Cae, se desvanece… No teme a nada. Cierra los ojos y se deja seducir por el sueño, feliz.

De repente ya no se siente bien, tiene miedo, está acorralado, no puede gritar, no puede ver, no puede moverse. Es horrible, pero en medio de todo tiene conciencia. Sabe que es una pesadilla, así que no le importa. En la pesadilla no hay narrativa, de nuevo ésta lo abandona. No pasa nada, sólo sensaciones horribles. El escritor de cuentos no sabe qué hacer, no lo sabe, la masa de colores vuelve y ahora se lo traga. Muere y ya, esa es toda la historia, es consciente de su muerte. Nada más pasa.

Suena el timbre. El escritor de cuentos se levanta, agitado, y se dirige a la puerta, retira el pasador y abre. Es su esposa y sus dos hijos, quienes no pueden evitar la impresión al ver su rostro: está pálido, se ve agotado. Ella pregunta por qué pasó el seguro y por qué la demora para abrir la puerta. Él aún no tiene conciencia de cuál es la realidad, duda. Cuando se despeja, los saluda, los abraza, los besa. Alza a su hijo menor que aún es bebé y camina con él hacia la sala. Su hija le cuenta con emoción cómo la pasó el fin de semana en casa de la abuela, le cuenta del nuevo primo y de la aventura por la que tiene una raspadura en su rodilla. Piensa que de allí podría sacar un buen cuento, eso le genera emoción. Trata de olvidar lo que le pasó, la pesadilla. Se afirma en que sólo fue eso, una pesadilla, un mal sueño. Es consciente de que todo es a causa de la presión. Necesita un nuevo libro, el tiempo apremia.

Desea volver al escritorio para retomar su escritura ahora que tiene de dónde sacar una nueva historia. Se levanta del sofá y camina, camina, pero no ve su escritorio, ni sus libros, ni el computador. Solo una habitación con un par de camas medianas y ropa amontonada en canastas. Sale de aquel cuarto y se dirige a otro pero allí sólo hay loza sucia y una pequeña estufa. Está confundido, se desespera. Regresa a la sala, al sofá. Su esposa se sienta a su lado y, murmurando, le pregunta angustiada de dónde sacarán lo de los nuevos zapatos para la niña y lo de los pañales del niño. Él no entiende. Le preocupa la ausencia de su escritorio, su biblioteca y su computador. La mujer aún murmura y le reprocha el desorden, esas hojas blancas regadas por todo lado. “No hay con qué comer y tú te das el lujo de desperdiciar así los materiales de la niña. No me digas que sigues con tu jueguito de poeta, te he rogado que te olvides de eso. Más bien apúrate que Don Luis se disgustará si de nuevo llegas tarde al trabajo. Además recuerda que los martes después del festivo es cuando hay más actividad en el taller. Apúrate, ¡que Don Luis no se moleste!, porque no sólo nos harán falta zapatos y pañales, sino también techo y comida. Ve, mientras tanto yo recojo este desorden, además no creo que mi mamá nos reciba un fin de semana más, los niños andan muy inquietos y la han incomodado. Apúrate, que el tiempo apremia”. El escritor de cuentos la mira en silencio, alarmado.



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Cenizas en el andén en Los Impresentables

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CENIZAS EN EL ANDÉN
Por: Rodolfo Ramírez Soto, 23 de febrero 2009

"Dios los hace y ellos se juntan", es lo que dice la sabiduría popular que, en lo que respecta a Cenizas en el Andén, resulta estar muy acertada. No nos debe extrañar entonces que varios de los viejos conocidos de la casa impresentable hagan parte de esta antología de "cuentos de la ciudad".

Pablo Estrada; Raúl Harper; Christian Villanueva, David Tarazona y Carolina Cárdenas -los tres de la Revista Gavia- y Carlos Ayala -miembro fundador de Las Filigranas de Perder acompañado además por varios de los participantes en aquel taller de escritura colectiva- se incluyen en esta compilación que viene a reunir algo así como el "Dream Team" de la literatura independiente bogotana y de la cual, por supuesto, forman parte muchos más autores; 23 en total.

Otro buen amigo: Carlos Castillo Quintero, a quien le debemos una nota individual, fue el director de la banda. La excusa: el "Taller de Cuento Ciudad de Bogotá", taller que hace parte de la experiencia de talleres nodales que la Red Nacional de Talleres, RENATA, adelanta de manera piloto en nuestra ciudad.

El libro, autofinanciado por sus autores -y también por sus amigos y familiares-, se presenta el jueves 26 de febrero a las 6:00 p.m. en el auditorio del Centro Cultural Gabriel García Márquez (Calle 11 -Calle de la Enseñanza- Nº 5 - 60). La primera edición cuenta con muy pocos ejemplares y lo mejor es que lleve dinero para hacerse a uno antes de que se agoten. Por su parte el taller tiene la convocatoria abierta para la versión 2009 y se puede enterar en detalle de ella siguiendo éste enlace.

Como siempre encontrará más detalles y datos de su interés en la videoentrevista que acompaña la presente anotación y que nos salió de 9 minutos con 39 segundos:



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Corazón Valeroso

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Recordando la infancia y esculcando en mi archivo encontré ésto. Los primeros versos que escribí, hace muchos años. Los comparto con ustedes.




CORAZÓN VALEROSO

Cuando tan tranquilo te vi
con tu espadita de papel
luchando por aquella mujer
que tanto amabas,
y que en manos del enemigo
luchaba por irse
gritando y llorando
pero que con tu valentía, derrotaste.

Sólo pensar que aquella mujer
por la cual luchabas
era tu madre.
Y que al despertar se encontraría junto a ti
y cerca a tu corazón valeroso.


Derechos reservados
©Natalia Castillo Verdugo

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CENIZAS EN EL ANDÉN - CUENTOS DE LA CIUDAD

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El Taller de Cuento "Ciudad de Bogotá 2008" culminó con muy buenos resultados. Uno de ellos es la publicación del libro antológico "Cenizas en el Andén - Cuentos de la ciudad" que reúne a 23 escritores de los cuales 19 hacen parte del taller y 4 son invitados especiales. Esta es la Adenda del libro.

LA LITERATURA ES UN RÍO…
Carlos Castillo Quintero


Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina. Siempre se puede engañar a la gente… Pero en el arte no se puede mentir. Así se expresaba hacia finales del siglo XIX un maestro del cuento, el escritor ruso Antón Chéjov, en una carta sin fecha ni destinatario. Y quizá la publicación de un libro sea eso: la negación de la mentira o dicho de otra forma, la exposición de la sensibilidad, la creatividad y el pensamiento de un autor –o de varios– a las veleidades del lector, sin la posibilidad de encubrimiento.También es un ejercicio de la libertad. Allanar los territorios de la ficción no tendría completo sentido si no se pudiera publicar su resultado. Ramón Emeterio Betances, médico y escritor al igual que Chéjov y a quien se considera el Padre de la Patria Puertorriqueña, así lo dejó establecido en noviembre de 1867 en la Proclama de los Diez Mandamientos de los Hombres Libres. Un hombre tendrá derecho a la Libertad de la palabra y a la Libertad de imprenta.Así, sin mentiras y en pleno ejercicio de la libertad, se ha publicado Cenizas en el andén, una antología que reúne a 23 autores que recrean diferentes matices de la ciudad y de quienes la habitan. Podría decirse que este libro es producto del Taller de Cuento “Ciudad de Bogotá 2008” y no se faltaría a la verdad. Si se dijera lo contrario, tampoco. La Literatura es un río que inicia y termina en muchas partes, a veces simultáneamente. En razón a los trazos de las aguas de ese río que caprichosamente decide a quién quiere en sus orillas, he asistido al proceso de gestación y edición de estas Cenizas.La idea de esta publicación surgió en la última sesión formal del taller. Pablo Estrada la sacó del bolsillo de su chaqueta, la puso sobre la mesa y se quedó mirando a ver qué pasaba. Era un reptil recién engendrado, una pequeña sierpe que se movió entre aquel grupo de escritores en ciernes, los miró de frente, midió su temor, de soslayo se embelesó con el perfume de Lina, dudó ante la duda de Simón, jugó con la geometría de la bufanda de Filipo hasta que, perezosamente, acunó en el seno de Guillermo Zúñiga quien desde entonces se ha dedicado a su cría.Pero como lo señalara Julio Cortázar el entusiasmo y la buena voluntad no bastan por sí solos, como tampoco basta el oficio de escritor por sí solo(1). Para que aquella idea tomara cuerpo y se convirtiera en Cenizas, fue necesario que Pablo y Guillermo se hicieran cargo del proyecto. A este grupo se unió Gabriel Umaña con unas tijeras que son las responsables de que este libro no tenga más páginas. He tenido el privilegio de acompañarles, de trabajar con ellos y de celebrar cada logro. Los escritores, finalmente, son gente de palabra. En tres meses estuvo lista la antología. Claudia Niño le puso nombre y en una lúdica que pasó por la plástica, los extramuros del reino de Baco y el ciberespacio, se llegó al lenguaje discográfico. Así, Cenizas en el andén toma en préstamo la estructura de casete con sus lados A y B, el formato de CD con los bonus tracks, y el término one-hit wonder para caracterizar a muchos de los autores que publican por primera vez y para quienes, en el mejor de los casos, su cuento puede llegar a convertirse en su único éxito. Se niega el adjetivo “único” con un esperanzador Vol. 1 –primer volumen– que anuncia posibles réplicas. No está de más señalar el parental advisory, indicación necesaria sobre el contenido explícito de algunos de los relatos que plasman la realidad de una innominada ciudad que no permite que las palabras agoten su caudal. En cada cuento, tal y como lo pedía Chéjov, se propone una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada, o por lo menos eso se ha pretendido. Desde el primer momento el libro contó con el respaldo de Roberto Rubiano Vargas, quien por asignación del Ministerio de Cultura y la dirección de RENATA ha sido el escritor asociado al taller. Su trayectoria como cuentista y su criterio como hombre del oficio le han convertido en Invitado de honor en estas páginas. El pintor bogotano Fernando Maldonado, quien se reconoce como náufrago del navío expresivo del siglo XX, nos cede para la carátula del libro la imagen de una de sus obras y, con esto, cerramos un proceso de edición que en todos sus momentos fue muy grato.De los veintitrés autores, diecinueve hacen parte del taller y cuatro son invitados especiales. Carolina Cárdenas, quien asistió a algunas de las sesiones. Sergio Gama, uno de los Seis escritores en 87 calles. Carlos Ayala, co-fundador del grupo literario Las Filigranas de Perder y, finalmente, Inocencio Blucher-White, asistente al taller de RENATA en su natal Providencia, quien en una sola noche reescribió más de doce nuevas versiones de La flor de Coleridge –el texto de Borges– y redujo esta antología a un solo autor… Sin jactancia alguna y sin humildad, a las orillas de este río ahora caudaloso, brindo por la publicación de Cenizas en el andén asumiendo la condición de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir(2).
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(1). Julio Cortázar. “Algunos aspectos del cuento”. Revista Casa de las Américas, No. 60, julio de 1970.
(2).Gabriel García Márquez. Discurso de aceptación del Premio Nobel, 1982.

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"DESINTEGRACIÓN CON FELINO"

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© Desintegración - Vinilo sobre papel , Natalia Castillo V.

Recojo mis fragmentos uno a uno
y prosigo sin cuerpo.
Octavio Paz, Piedra de sol

Camino la vida, el tiempo, dormida o despierta. Camino abandonando mi cuerpo, sus pedazos, su huella. Ignoro al sol que antes de hundirse en el horizonte deja un amarillo ocre sobre mi rostro. Miro en diferentes direcciones y solo veo un fondo negro, imprescindible. La faz de mi ruta por momentos se tiñe de un blanco opaco que recrea la tranquilidad, el rumor de una hoja seca sobre mi espalda. Y a su lado mi sangre salta, mi sentimiento, mis pasiones. Un caudal de rojo fraccionado sirve de telón de fondo a mis manos que se entrecruzan en un imposible abrazo. Camino y la sombra otra vez se pone sobre mí, la noche con su velo negro cruzado por un haz de luz, mi esperanza, pincelada de blanco entre mis senos. Trasciendo, voy, soy... siento que mi cuerpo es de oro y flota. Incierto el horizonte se descubre, duda entre el rojo y el blanco, se parte invadido por esa línea de sombra que no me abandona. Mis piernas bailan en el vacío, siento alegría, estoy llena de vida, me sobrecogen sentimientos y gratos recuerdos, momentos, rostros. Me abandono a esa sensación. Es el final y, sin que me sorprenda, otra vez la sombra se impone. Mis pies dudan. No sé hacia dónde ir, pero no importa: los caminos no existen. Abandono mi cuerpo y parto hacia la inmensidad del vacío. Me sigue el pequeño felino que ha acompañado mi ruta y que ahora es uno conmigo, radiante.

Derechos reservados
©Natalia Castillo Verdugo

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¡LEVÁNTATE, VEN CONMIGO!

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"Die Tanzerin" - Egon Schiele

Sobre el alma ese aleteo inútil
de aquello que no fue, ni pudo ser, y lo es todo.

Fernando Pessoa


La imagino bella y feliz. Sueño con su rostro, siento su amor de ángel. Recuerdo que es lo más grande que tengo (lo que me ayuda a vivir), lo único que me importa en este mundo. Por eso estoy acá: odio estos lugares en los que acecha la muerte, el contagio, el sufrimiento. No soporto la tristeza que generan las personas que están aquí. No me gusta tener que acudir a ella en un lugar como éste. No sé si mi cabeza y el resto de mi cuerpo encuentren un punto de apoyo para resistir lo que el médico dice. ¡No!, no es cierto, no puede estar hablando de mi nena. ¡No!, no de ella, no de mi hija, la luz de mis ojos…


La primera noticia sobre su existencia fue suficiente. La amé antes de poderla tener entre mis brazos. Al verla supe qué era la perfección y desde ese momento fue ella el amor. ¡Mi hija!, mi sangre renovada.

¿Cómo es posible que lleve aquí más de un mes y no me haya enterado? ¿Qué hice tan mal en todos estos años? No era aquí a donde me hubiese gustado visitarla, en un hospital, en la sección de enfermos terminales.

Entro en su habitación y la veo con su carita acabada, la toco y sus manos están frías, su sonrisa no está, no está. La veo y no entiendo cómo pudo suceder. VIH letras fatales que ahora están después de su nombre. Dios… ¡qué pasó con mi niña!, la que partió de mi lado con un mar de ilusión en sus ojos, la que se fue a estudiar, la que mi llanto despidió, Dios… ¡por qué me la devuelves así!, cuando ya nada queda por hacer, cuando ni siquiera puede decirme qué paso, en dónde fallé, qué no le sirvió del amor que le di. Esto es una locura. El final de la vida de mi hija, y mi final.


Su corazón late lentamente, con dificultad, y cada latido agobia mi existencia. Su corta vida tan llena de logros y satisfacciones se desvanece y yo sólo puedo esperar, esperar a que despierte si es que despierta. Siento que mi hija se derrumba y Dios no escucha… ¿A quién puedo reclamarle? No soporto estar aquí. No puedo irme. No voy a dejarla sola, me desvanezco…


Ahora estoy volando, mi cuerpo abandona este miserable lugar y mi alma se nutre de recuerdos, de ese pasado que creí perfecto. Ella y yo aprendimos la alegría cada mañana, cada tarde, cada nuevo suceso en su vida de niña. Fuimos felices, a pesar de la temprana ausencia de su madre, nuestra familia de dos era bonita ¡éramos felices!, pero parece que la felicidad no basta para el futuro. Y quizá esa alegría sólo exista en mi recuerdo, quizá fuera solo mía, quizá nada estuvo bien… ¿O si no por qué ella sigue tendida aguardando a la muerte, mientras yo vuelo? ¿Por qué no renacen sus alas? ¡Levántate nena, ven conmigo!


Me siento inútil.


Ella, mi mayor alegría, es ahora el final de un cuento de terror. ¿Para qué habré tenido una hija? ¡Cállate, corazón, derrúmbate en silencio!, ese es el precio que tienes que pagar por haber estado con ella, por compartir su risa, sus ideas brillantes. No te acobardes corazón, y sufre, sufre.


Ya no vuelo, estoy en la sala de espera. Miro el reloj y son las tres de la mañana. No sé qué día es. No sé cuánto tiempo ha pasado. Estoy solo, solo.
Se abre la puerta y sale el doctor. Es un muchacho. Pienso que es demasiado joven para hacer de recadero de la muerte. Con un gesto me pide que lo siga a su consultorio. Camino por el pasillo y siento como si hubiera sido convocado al Juicio Final. Mis manos tiemblan. Yo tiemblo. Entramos y sin preámbulos dice:


−No queda nada por hacer, lo siento.


Me permitió verla por última vez. En esta ocasión su lecho de enferma no me produjo la misma inquietud. Solamente quería verla, no me importaba cómo, en qué estado. Sólo verla y sentir su mano.


Le acaricié el cabello, las mejillas… y abrió los ojos. Su mano aferró la mía, sonrió y dijo:


−Te amo papi, perdóname...

Se desvaneció.



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© Natalia Castillo Verdugo

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